15 Abr

Relación coronavirus-medio ambiente: cómo ha afectado nuestro modo de vida a la propagación del virus, y cómo la crisis sanitaria puede afectar al futuro del planeta.

Los efectos adversos generados en el medio ambiente por nuestro modelo productivo y de movilidad favorecen la creación y propagación de nuevas enfermedades, y pese a que la crisis del coronavirus puede suponer un respiro para el planeta a corto plazo, la imperiosa necesidad de reactivación de la economía puede acarrear un efecto rebote que aumente el nivel de emisiones y paralice las inversiones y políticas climáticas.

El colapso del sistema global que ha supuesto el COVID-19 ha mostrado la vulnerabilidad de nuestras instituciones, ciudades y formas de vida. Hemos vivido ignorando la facilidad con la que los riesgos latentes se actualizan, expanden y multiplican. Ahora, dentro de un panorama complejo, es preciso analizar la manera en la que nuestra forma de vida ha contribuido a la propagación de la pandemia, y las consecuencias que esta crisis puede acarrear en el futuro del planeta.

¿Cómo ha afectado el estado del planeta al coronavirus?

  1. Destruir ecosistemas provoca mayor interacción con animales salvajes.

El 75% de las enfermedades humanas conocidas hasta la fecha derivan de animales, y el 60% de las enfermedades emergentes han sido transmitidas por especies salvajes. Según la OMS, existen más de 200 enfermedades conocidas con este origen, entre las que se encuentran la rabia, VIH, dengue, malaria, ébola, SARS o fiebre amarilla, pero también las especies de gripe más comunes.

Los bosques son hábitats para el 80% de la biodiversidad del planeta. Son ecosistemas en los que viven millones de especies, de las que gran parte son desconocidas para la ciencia, incluyendo los virus. Estos organismos viven en equilibrio con su entorno y las especies junto a las que han evolucionado. Sin embargo, la destrucción de estos ecosistemas para la plantación intensiva de cultivos o por incendios derivados del aumento de temperaturas y fenómenos climáticos extremos provoca que estas especies busquen refugio en zonas más cercanas al ser humano, aumentando la interacción entre personas y animales salvajes, y por lo tanto, el riesgo de transmitir los patógenos que acarrean.

Estamos en camino de perder en las próximas décadas 1 de cada 8 especies que habitan el planeta, y actualmente hemos destruido la mitad de su superficie forestal. Alterar ecosistemas estables y funcionales que actúan de barrera contra enfermedades desconocidas nos hace más vulnerables ante virus que pueden acabar convertidos en pandemias.

  • El aumento de la temperatura provoca la proliferación de especies vector.

El COVID-19 ha saltado a humanos (muy probablemente) desde un mamífero, y según los últimos estudios no es contagioso entre personas a través de la picadura de mosquito. Sin embargo, estos parásitos son responsables de la muerte de unas 725.000 personas al año, ejerciendo de vector de enfermedades como la malaria, la fiebre amarilla o el dengue.

El aumento de la temperatura global provocado por el cambio climático favorece la reproducción de este tipo de especies transmisoras como garrapatas y mosquitos, e incrementa su capacidad de colonización de zonas que previamente no reunían los requisitos climáticos. Si la temperatura del planeta sigue subiendo, es esperable una mayor transmisión de mosquitos desde los trópicos durante todo el año, y por lo tanto, un mayor  riesgo de expansión de enfermedades.

  • La calidad del aire influye en la tasa de contagio y fallecimiento.

La quema de combustibles fósiles de vehículos, centrales termoeléctricas e industrias emite gases de efecto invernadero (entre los que se encuentra el CO2) que provocan el aumento gradual de la temperatura del globo, pero también genera otro tipo de compuestos contaminantes, como el NO2 o las partículas finas de hollín, ceniza y metales pesados.

Estos compuestos son los responsables de la mala calidad del aire de grandes urbes y zonas industrializadas, factor que, más allá de aspectos incuestionables como la densidad de la población o el índice de trasmisión del virus, está siendo apuntado como facilitador del contagio y condicionante de la mortalidad del COVID-19.

En primer lugar, estudios anteriores relacionados con el SARS de 2003 en China destacan que el índice de propagación del virus fue mayor en días con una mayor tasa de polución, registrando un aumento de los ingresos por infecciones respiratorias inmediatamente después de los picos de contaminación. Así, las partículas tóxicas en suspensión podrían ejercer también de vectores de transmisión, adhiriéndose al virus y  haciéndole permanecer durante más tiempo en el aire antes de precipitarse.

En segundo lugar,  varios organismos internacionales apuntan también a que la calidad del aire condiciona en gran medida la tasa de mortalidad del virus. El NO2 y las partículas de metales pesados provocan hipertensión, diabetes y otras enfermedades respiratorias, generando 7.000 muertes prematuras al año en España y unas 400.000 en todo Europa. Estos compuestos merman la resistencia a las infecciones de la población expuesta a grandes concentraciones, y provoca que el efecto mortal del Covid-19 sea más acuciante en áreas industrializadas y grandes urbes.

En el norte de Lombardia y Emilia-Romagna, una de las zonas más industrializadas y contaminadas de Europa, la tasa de mortalidad del virus era del 21% a día 21 de marzo, mientras que el resto de Italia presentaba una tasa inferior al 4,5%.

¿Cómo afectará el coronavirus al futuro del planeta?

  1. Aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero y otros contaminantes

La paralización de la industria y de la circulación de vehículos a escala global ha generado una reducción drástica de las emisiones de gases de efecto invernadero a corto plazo. Según los primeros estudios, la crisis del coronavirus ha supuesto una reducción del 25% de las emisiones de China en las cuatro últimas semanas, equivalente a una reducción del 6% mundial, y pese a que todavía no se han publicado datos oficiales, se espera esta misma tendencia en países como India y Estados Unidos, dos de los más contaminantes del mundo.

Además, anteriores caídas de la emisión del dióxido de carbono a la atmósfera han coincidido con periodos de recesión económica, llegando a medirse un descenso del 1% de las emisiones globales de este gas durante la crisis de 2008.

Sin embargo, a medio-largo plazo la crisis del coronavirus puede acarrear un crecimiento excepcionalmente alto de las emisiones debido al efecto rebote, como sucedió en los años que siguieron a la anterior recesión, que nos harán superar los niveles de emisión previos al brote del virus. Gobiernos y organismos intergubernamentales de todo el mundo aprobarán estímulos económicos para hacer crecer la producción y la demanda e incentivar un consumismo desenfrenado que reactive la economía. Esto puede provocar que se detengan las inversiones en energías renovables y mitigación, y que los fondos destinados a la transición ecológica se vean reducidos drásticamente.

De hecho, China, en fase de recuperación del coronavirus, ya ha apostado por la inversión en carbón, petróleo e industrias pesadas para la recuperación de la economía del país, debido al precio excepcionalmente bajo del barril de crudo ocasionado por la guerra comercial entre Rusia y Arabia Saudí y el descenso de la demanda.

Por otro lado, al igual que con las emisiones de dióxido de carbono, la reducción del tráfico a consecuencia de las medidas para atajar la epidemia de coronavirus en el Estado español ha generado una reducción drástica de la contaminación en el aire por NO2 y partículas.

En el País Vasco, el descenso de los niveles de contaminación respecto a las mismas fechas durante la última década ha sido del 54% en Vitoria-Gasteiz  y de en torno a un 40% en Donostia-San Sebastián y Bilbao, mientras que las dos principales ciudades del estado en número de habitantes han registrado caídas aún más significativas (56% en Madrid y 64% en Barcelona).

No obstante, y como sucede con los gases de efecto invernadero, la imperiosa necesidad de reactivación de la economía puede frenar los incentivos ofrecidos a vehículos más limpios, y retrasar la retirada de la circulación del parque de vehículos diésel y más contaminantes.

  • Frenazo a las políticas e inversiones climáticas

Después de una COP25 que dejó más dudas que certezas, Europa presentó hace unas semanas el primer borrador de la Ley Climática Europea, que pretende guiar al continente hacia la neutralidad climática para el año 2050. Según Bruselas, este objetivo requiere que a largo plazo al menos el 25% del presupuesto de la UE se destine a la acción por el clima.

Igualmente, estos mecanismos de transición también estaban previstos en la estrategia verde del Gobierno, que había anunciado un inminente empujón a la Ley de Cambio climático. Sin embargo, por el momento ambos textos han quedo en suspenso, y es probable que el colapso de la economía pueda absorber el dinero y la voluntad política para realizar estos esfuerzos.

Además, la caída de los mercados de valores provocará que las compañías tengan más dificultades para encontrar la financiación necesaria para acometer proyectos de transición hacia modelos más sostenibles, y el descenso de la oferta china de paneles solares, turbinas eólicas y baterías de litio hará que se paralicen proyectos de energías renovables de todo el mundo.

¿Qué lecciones se pueden sacar de esta crisis?

El cambio climático, según la OMS, se cobra más de cuatro millones de vidas al año, pero sus efectos son percibidos de manera distinta a los del coronavirus, que ha logrado despertar una conciencia global de manera mucho más rápida y efectiva.

Pese a que experiencias previas apuntan a que las consecuencias a largo plazo (en el planeta) provocadas por esta crisis pueden tener un efecto adverso en el cambio climático, este periodo también ha demostrado que los gobiernos son capaces de tomar medidas rápidas y contundentes, y que la ciudanía puede adaptarse a un cambio de hábitos cuando las consecuencias de no hacerlo son inmediatas y visibles.

Se ha demostrado que gran parte de la población puede trabajar de manera telemática, que no es necesario coger un avión para una reunión presencial de dos horas, que resulta de vital importancia incentivar la compra de productos locales o que no es necesario un nivel tan alto de consumo en nuestras horas de ocio.

Lo que está claro es que, mientras se analizan las consecuencias a largo plazo de esta crisis, los impactos (ambientales) a corto plazo ya han sido comprobados: la reducción del consumo y de la movilidad disminuye el perjuicio generado en el medio ambiente. Y la buena noticia es que las medidas que se necesitan contra el cambio climático no deberían levantarse sobre restricciones y medidas de contención, sino sobre medidas de precaución y cambios sustanciales en el modelo de producción y consumo.

Está en nuestras manos que sepamos aprovechar la oportunidad.

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